Una calor que (no) deja pensar

Cuando hace calor uno no puede pensar demasiado bien. Si el aire acondicionado está estropeado (y lleva meses así, sin solución) y cesa la poca corriente que pueda producirse al abrir las ventanas al final del día de par en par, solo queda como compañero el ventilador, pero también tiene sus límites. Es más, en realidad, a la larga, calienta más de lo que enfría, a pesar de lo que la temporal convección del aire que empuja hacia nosotros pueda hacernos pensar. Aún así, mejor que nada. Trataremos de pensar, con el ventilador al costado.
Hoy es uno de esos días que solemos llamar raros, cuando no nos atrevemos a decir palabras que evitamos mencionar, como triste. Quizás es que la combinación de la toma de decisiones, momentos de tensión personal y calor es mala. Excelente para una película, me imagino; indeseable para un capítulo vital, seguro; pésima para una concatenación de tal combinación.
También es que, casi a diario, uno en el trabajo al que me dedico (y en muchos otros, pero no en todos, eso desde luego, por más que haya quien se empeñe en lo contrario) se ve obligado a tomar muchas decisiones, la mayoría con un mayor alcance del que nuestra salud mental (tan insuficiente las más de las veces, tan finamente acertada las menos) nos permite percibir (porque si no, ya te puedo asegurar que no nos dedicaríamos a esto, ni a muchos otros trabajos). Y ya no solo decisiones de actuación, sino a una revisión constante de nuestra propia ética, tanto personal como laboral.
Es muy difícil prestar un servicio que tiene impacto en la comunidad, cuando esta, en su mayoría, se despreocupa de su parte. Al final, de alguna forma, todo correcto funcionamiento (o por lo menos su intento de funcionamiento) recae en si desde nuestra posición como profesionales decidimos abrir más o menos la mano, tanto si es cierta esta atribución de capacidad (porque, en realidad, si no tengo medios no puedo sostener una carga eterna sobre mis hombros, puesto que soy humano, y no puedo sustituir a una larga cadena de engranajes, algunos tan remotos que casi no notamos que forman parte del mecanismo), como si no lo es (porque es fácil, desde los ojos de la ignorancia, ya sea de nacimiento o adquirida, atribuir a lo que tiene enfrente, a lo tangible y sobre lo que cree conocer, y en especial sobre lo que cree poseer, figurada o funcionalmente, responsabilizar a los demás de lo que nace de nosotros).
El primer enfoque, el de mi punto medio entre mis necesidades y la compasión (con su extremo carente de sentido, la abnegación1, que es lo que se nos exige con tanta asiduidad) es asunto mío, de mi corazón, mi alma y mis noches de verano, a la fresca, mirando por la ventana hacia las estrellas.
El segundo enfoque, el que me atribuye lo que no ha de atribuirme, y evita atribuirse la responsabilidad propia (que tenemos desde que nos llevamos la comida por nuestros medios a los labios, progresivamente siendo más clara y extensa con el pasar de los años) es cuestión de todas y cada una de las personas que interactúan con alguien a quien piensan que poseen, y cuestión mía cuando soy yo el que hago uso del tiempo o funciones de los demás. El problema viene cuando, y no es un sentimiento únicamente mío, tal reflexión no existe, evitada bajo toda una amplia gama de formas: falta de tiempo, cansancio del trabajo, problemas con el tráfico, jubilación (y por tanto, aparentemente, retiro de toda forma de crecimiento personal, al menos según algunas personas pretendidamente sabias), o condicionantes sociales varios (que parece que eximen de continuar a la página siguiente, a la de "y con esto qué tengo en mis manos, ¿qué puedo hacer?"). En el día a día, aunque nos vemos profundamente limitados por los colores que hemos aprendido a ver, no nos queda otra que tratar de ponernos gafas que nos permitan intuir el resto de colores, porque sabemos que existen, e ignorarlos y actuar como si no existiesen (problema que se ve reflejado en muchos ámbitos del mundo actual, como el turismo de masas o los múltiples genocidios que siguen sucediendo) hace aún más cómplice al que juega a ser ciego de la dificultad existente para la mejoría del mundo.
Si, en todos los ámbitos, no se complementan ambos enfoques (el yo conmigo, y el yo con los demás), no hay forma de seguir adelante. Cada año que pasa siento que, especialmente el segundo, se deja de lado con demasiada frecuencia, y el primero se malinterpreta en una suerte de individualismo pseudo estoico que no lleva a nada más que egoísmo disfrazado de filosofía.
Creo de manera sincera que vendrán tiempos mejores. Es una opinión parcialmente basada en la historia, pero también nacida de un pálpito y un profundo deseo de comunión entre toda la especie humana2, que al final a quien se tiene para continuar, para lograr la felicidad no ingenua, es a sí misma. A veces me apena pensar que, probablemente, lejos de poder ver un atisbo de esa mejoría, solo viviré el empeoramiento progresivo y de un mundo que se veía bello y lleno de ilusiones. Luego pienso en los que vendrán después, y un poco de alivio sí que siento. Ojalá algún día encuentre la forma de aliviar esa pena no solo pensando en los del futuro, sino encontrando la manera de hoy, mañana, esta semana, este mes y los años que me queden, dar con la tecla para contribuir a que más gente se sume a este sentimiento. Por ahora, aquí seguiremos, reflexionando y tratando de mostrarlo cada día, así haga una calor que (no) deje pensar.
Es curiosa la mención que el artículo de la Wikipedia hace a que la abnegación, si no es extrema, genera cohesión social. Sin embargo, si es unilateral, ¿qué cohesión se puede esperar?. Al fin y al cabo, todos formamos una cadena, y para mantener la cohesión todos hemos de darnos la mano.↩
Un amigo y mentor me decía siempre (con extremo cariño) que soy demasiado positivo, casi un utópico. En realidad no tengo la certeza de si irá mejor en el futuro, pero si al menos puedo imaginarlo, merece la pena apostar por que, si nos esforzamos lo suficiente, podemos poco a poco ir mejorando, como un sacacorchos que dé vueltas hasta desenroscarse y permitir disfrutar de un buen vino por mucho tiempo deseado. No veo por qué no intentarlo, por lo menos.↩